Sin pensarlo, sin meditarlo, levanté la mano y dije: "mándenme a mí". Hacía tiempo de aquella ultima relación de la cual aún había estragos por todos lados y, para ser sincero, ya no me importaba demasiado que en caso de que el experimento resultara fallido acabara yo en un lugar sin tiempo o en un tiempo sin lugar.
Los Beatles, ay los Beatles, los cuatro chicos de Liverpool que vinieron, cambiaron todo lo que se les puso enfrente y se fueron de la misma forma como llegaron: repentinamente y sin avisar. Nunca los ví en vivo, no conozco Inglaterra, no son mis paisanos ni mis coetáneos y, sin embargo, aprendí a quererlos como se quiere a los amigos que no ves frecuentemente pero con los que conectas de inmediato, con los que tienes pláticas interesantes y de los que aprendes muchas cosas. Mis puertas de entrada a su mundo: el disco azul y el disco rojo, del cual me pasaba viendo por largos ratos las fotos donde están en un edificio, el fotógrafo desde la planta baja tomándolos, y en la primera están chavitos con aquél peinadito y en la otra ya a más grandes y aburridos de ser los Beatles; me impactaban esas fotos, el paso del tiempo visto así, sin concesiones.
Cuando yo tenía poco más de un año mataron a Lennon, por lo que obviamente no es un momento que recuerde, pero cuando los científicos preguntaron a dónde y cuándo quería ir dije de nueva cuenta sin pensarlo y sin meditarlo: "Nueva York, diciembre de 1980".
Para ser más específico donde yo quería ir era justamente a la mañana del 8 de diciembre de 1980, día del asesinato de John Lennon a manos de Mark David Chapman.
Qué me importaba ver la construcción de las pirámides, la vista de la gran Tenochtitlán en 1518 o presenciar las guerras napoleónicas en alguna planicie europea del siglo XIX, yo lo que quería era estar en Nueva York, evitar que Mark David Chapman le disparara a John Lennon. Se me hacía harto injusto que un fan gordo, sin chiste, pero con el valor suficiente de apostarse afuera de donde vivía su ídolo le hubiera metido 5 balazos y, peor aún, por la espalda, qué forma de morir tan chafa, tan sin chiste, pensaba yo.
Después de un horrible proceso (viajar en el tiempo no se parece en nada a "Volver al futuro" o al cuento de H.G Wells) llegué a la gran manzana, 8 de diciembre de 1980. El grupo de científicos me dió instrucciones específicas acerca de lo que debía hacer al llegar al pasado para que supieran efectivamente que la misión había sido un éxito, cosa que olvidé pues pensando que quizás a Mark se le podría ocurrir matar a John por la mañana y no esperarse hasta la noche habría que llegar cuanto antes, así que llegando me fuí directo al metro y hacia Central Park.
Salgo del metro y qué frío de la chingada, caminar se hace pesado, nadie puede saber que vengo del futuro (que extraño sueña: venir del futuro) y veo que efectivamente ahí esta Mark David Chapman paradito enfrente del edificio Dakota, Central Park West y la 72th.
No parece ser el personaje ruin e infame del que leí mucho en internet antes del viaje, es más bien como cualquier persona que hayas visto en tu vida en el metro o en la parada del camión, pero yo sé que hoy va a hacer algo trascendente, lo puedes ver en su mirada, se nota nervioso, tenso.
Después de aproximadamente 10 minutos de estar parado en la acera de enfrente, lo abordo sin más, es fácil pasar desapercibido, fans hay muchos y por tanto no le extraña que otro fanático como él (quizás mi fanatismo sea mayor al haber atravesado espacio y tiempo para estar allí) esté ahí enfrente del Dakota esperando con este pinche frío a que su majestad Lennon salga y tan siquiera asome la nariz.
Ya tengo las piernas congeladas y vemos salir del edificio a una persona que se parece bastante a él, nos acercamos y... es John Lennon; no el del museo de cera, no el de las fotos en blanco y negro, el de a de veras, a mis 35 años, después del disco rojo, del disco azul, de un viaje en el tiempo y tantas cosas a cuestas estoy aquí parado sin nada que decir pero esto es de verdad increíble, ya ni siento el frío.
Mark David Chapman y yo somos amigos, me explico: aquél 8 de diciembre y con la emoción desbordada de haber visto a Lennon fuimos primero por un café, luego a comer, pero teníamos tantas emociones que fuimos a un bar y acabamos finalmente en un hotel de quinta con dos chicas que nadie supo ni de dónde salieron.
Mark el malvado, Mark el maldito, Mark el asesino, aquél día descubrí que en realidad sólo era un gordito que buscaba un poco de cariño y que de hecho es bastante ocurrente y podría decirse que hasta simpático.
Mark David Chapman y yo seguimos en contacto, hablamos de muchas cosas, de su predilección por el disco rojo, de mi predilección por el disco azul, de cómo nuestras lecturas de "The catcher in the Rye" han cambiado a lo largo del tiempo; eso sí, nunca me ha confesado que alguna vez quiso matar a Lennon ni tampoco nunca he sabido que habrá sido del revolver que portaba aquél día.
A veces nos da por recordar cómo nos conocimos y nos hicimos amigos, de las cosas en común que nos unieron, de cómo teníamos la misma edad en aquellos días y así hasta llegar al día en que nos enteramos que un tal Phillip Cross lo había matado a la salida de un cine en 1984.
Mark es un completo desconocido, Phillip Cross acabó llevándose las palmas y los reflectores, Phillip ahora es el malvado, el maldito y el asesino.
Mark vive una vida de clase media con su nueva esposa, de vez en vez se reúne con sus hijos de anteriores matrimonios y muy pronto se piensa jubilar. Es el no-asesino más famoso de la historia pero nadie lo sabe, sólo yo.
Yo soy un completo desconocido, realicé un viaje en el tiempo y modifiqué un poco el curso de la historia, incluyendo la mía, soy el no-viajero más famoso de la historia, pero nadie lo sabe, sólo yo.
Hoy vivo en una ciudad de mediano tamaño, sigo viviendo solo pero ya no me siento solo, tengo un único buen amigo llamado Mark, nunca me ha dado por buscarme a mí mismo en el futuro y los 8 de diciembre a las 10:55 me siento en mi sofá preferido, escucho "Everybody's got something to hide except for me and my monkey" y sonrío.